Volví del trabajo. Como todos los días. Dos horas de tren, colectivo, olores perros y medias corridas.
Ocho horas y media entre biblioratos sucios y jefes sin instrucción pero con gran capacidad de mando. Tres veces sonó el teléfono en todo el día. Tres veces para mí, obvio. Una, tu hermana. Quería saber si podía cuidar a Tomás el sábado, porque ella tiene que ir a no sé donde con tu mamá. La segunda vez, el tipo del banco, para avisarme que no nos dan el préstamo. La tercera, tu mamá: para recordarme que me llevara a Tomás el sábado.
Si llamaste para saludarme o decirme algo, la verdad no me enteré. Tal vez la arpía de recepción no me pasó la llamada. O marcaste equivocado.
No importa, al menos estás acá. Llegaste temprano. Podemos ir a… ¿A qué hora? Es martes, cierto…Cena de hombres en la casa de Lucas. Sí, claro que te planché el vaquero. Hoy a la mañana, mientras se calentaba el agua del mate, buscaba mi blusa blanca y te preparaba las tostadas con queso.
Después, como te decía, me fui a esperar el colectivo. Parecía más lleno que nunca. Codazos, carterazos…Todos los “azos” que te imagines. Después el tren. Apretujones, tropezones…y toda la consiguiente lista de “ones”.
En la puerta del trabajo estaba Santini, el nuevo. Terminaba apurado de comerse un alfajor y al saludarme, me llenó la blusa de migas de Jorgito.
Fiché a tiempo, no quería justo hoy, perder el premio. Y mi jornada transcurrió con pena y sin gloria. Quejas de clientes, quejas de la encargada, quejas, quejas, quejas. Cada vez que sonaba el teléfono pensaba que podías ser vos. No. Doscientas quejas, tu hermana, el banco y tu mamá.
A la hora del almuerzo, me vino a buscar Aurora. Almorzamos juntas una pizza. No me dejó pagar. Es un sol esta Aurora.
Sí, acá tenés la remera negra…No, ni idea de donde dejaste las cartas. Ya sabés que no te reviso las cosas. Sobre todo después de aquella vez, de ese asunto tuyo con Norita. Sabés que elegí no saber. No, no empiezo con el tema. Te cuento, nomás.
Y a las cinco, metí la tarjeta en el fichero y me vine. Pensé que tenías algo para decirme, pero se ve que no. ¡Ah, las encontraste!
Bueno, como te decía, volví y acá estabas, preparándote para irte…Sin importarte, claro, que hoy es mi cumpleaños, que no quiero estar sola…No, dejá. No quiero que te quedes. Lucas te va a extrañar. Al fin y al cabo, ¿qué importa de mí? ¿Qué importa adonde fue a parar el agua con la que te lavaste la cara esta mañana?
