jueves 13 de octubre de 2011

Doble negación


Volví del trabajo. Como todos los días. Dos horas de tren, colectivo, olores perros y medias corridas.
Ocho horas y media entre biblioratos sucios y jefes sin instrucción pero con gran capacidad de mando. Tres veces sonó el teléfono en todo el día. Tres veces para mí, obvio. Una, tu hermana. Quería saber si podía cuidar a Tomás el sábado, porque ella tiene que ir a no sé donde con tu mamá. La segunda vez, el tipo del banco, para avisarme que no nos dan el préstamo. La tercera, tu mamá: para recordarme que me llevara a Tomás el sábado.
Si llamaste para saludarme o decirme algo, la verdad no me enteré. Tal vez la arpía de recepción no me pasó la llamada. O marcaste equivocado.
No importa, al menos estás acá. Llegaste temprano. Podemos ir a… ¿A qué hora? Es martes, cierto…Cena de hombres en la casa de Lucas. Sí, claro que te planché el vaquero. Hoy a la mañana, mientras se calentaba el agua del mate, buscaba mi blusa blanca y te preparaba las tostadas con queso.
Después, como te decía, me fui a esperar el colectivo. Parecía más lleno que nunca. Codazos, carterazos…Todos los “azos” que te imagines. Después el tren. Apretujones, tropezones…y toda la consiguiente  lista de “ones”. 
En la puerta del trabajo estaba Santini, el nuevo. Terminaba apurado de comerse un alfajor y al saludarme, me llenó la blusa de migas de Jorgito.
Fiché a tiempo, no quería justo hoy, perder el premio. Y mi jornada transcurrió con pena y sin gloria. Quejas de clientes, quejas de la encargada, quejas, quejas, quejas. Cada vez que sonaba el teléfono pensaba que podías ser vos. No. Doscientas quejas, tu hermana, el banco y tu mamá.
A la hora del almuerzo, me vino a buscar Aurora. Almorzamos juntas una pizza. No me dejó pagar. Es un sol esta Aurora.
Sí, acá tenés la remera negra…No, ni idea de donde dejaste las cartas. Ya sabés que no te reviso las cosas. Sobre todo después de aquella vez, de ese asunto tuyo con Norita. Sabés que elegí no saber. No, no empiezo con el tema. Te cuento, nomás.
Y a las cinco, metí la tarjeta en el fichero y me vine. Pensé que tenías algo para decirme, pero se ve que no. ¡Ah, las encontraste!
Bueno, como te decía, volví y acá estabas, preparándote para irte…Sin importarte, claro, que hoy es mi cumpleaños, que no quiero estar sola…No, dejá. No quiero que te quedes. Lucas te va a extrañar. Al fin y al cabo, ¿qué importa de mí? ¿Qué importa adonde fue a parar el agua con la que te lavaste la cara esta mañana?

miércoles 28 de septiembre de 2011

Ráfagas porteñas (Rá-fa-gaaaaaa)

El pelo corto recogido. Flaca. Muy. Rubia.Ojeras pronunciadas. Postura corporal encorvada. Sube en la misma estación del subte E con una cajita de jugo Bagio en una mano y en la otra uno de esos alfajores blancos que chorrean pedacitos de azúcar. Lo come mirando la lontananza, como con desgano, como esos chicos que comen y piensan mil aventuras mientras tanto y los sorprende la cuchara que llega a su boca cerrada. En general, se va  al fondo del vagón.
 Sólo una vez la ví arrojar las caspas del alfajor sobre el saco de un señor que estaba sentado. Yo miraba como las cascaritas iban cayendo en el saco azul del buen ciudadano sin que éste se percatara de nada. Ella continuaba mirando la nada, con su cara demacrada de yanoimportanadadenada y masticando con desidia .
Uno de los personajes que pueblan mi camino casa - trabajo.


El pelo corto rizado. Campera inflable en invierno. Chomba desteñida en verano. Ojos castaños, enormes, como con problemas de tiroides.
Lo veo cada mañana desde la ventana del bar . Yo, afuera. él delante de su taza de café con leche y pintando hojas con lápices de colores.
 No sé lo que dibuja ni por qué lo hace. No sé a quien espera todas las mañanas sentado en la mesa que da a José M. Moreno.
A veces fantaseo con entrar y preguntarle. Claro, no lo hago.






lunes 12 de septiembre de 2011

Letras, letristas, letreros

Porque todos quieren leer lo que escriben. En realidad, todos quieren que los demás lean lo que escribe uno. Pero, claro...Es imposible obligar a la pobre humanidad que apenas puede batallar con la horda de buenos escritores que hay ya publicados y muertos en la pobreza (como se debe, bah) a que, encima, encima nos lea a nosotros.
Entonces quedan dos caminos: o te bancas estoicamente que nadie te lea, por pelafustán y gerundífero o bien organizas con otros pseudoautores rondas de lecturas de cuentos o poesías.Y lo segundo es mucho más fácil que lo primero. Básicamente porque nadie quiere reconocerse como pelafustán gerundífero y luego, porque siempre hay gente aviesa de hacerse conocer en el mundillo particular de las letras y si les proponés que lean sus obras en un bar cualunque de ésta o cualquiera otra ciudad, aceptarán sin dilaciones. Y soñarán, pobres ilusos!, con que los va a escuchar alguno de los que saben reconocer lo bueno y les publicarán el libro y vivirán de un sueldo de escritores el resto de sus anónimas vidas.
Como ya dijimos, organizar una ronda de lecturas es fácil. Sin embargo, hay un pequeño, pequeñísimo detalle que estamos olvidando. En una ronda de lectura hay que leer.
Y no nos engañemos: leer no es esa cosa que hacés con voz monocorde destrozando el ya mediocre texto que elegiste para adormilar oyentes. No, señor. Leer es erguir el pecho, hacer contacto visual con el público, sentirte seguro de que podés leer esa bizarrez con una voz tan elegante y envolvente que deje cautivado al público más reacio. Tenés que hacer que el texto cobre nueva vida en tu voz . Una voz cargada de matices. Tenés que seducir con la lectura. Tenés que ser hijo de Ale Dolina y de Betty Elizalde. Tenés que puntuar bien y respetar los signos de puntuación. Tenés que obligar a esa manga de carneros fastidiosos a que se maravillen con tu voz. Y hablar pausado y confiado. Tenés que venderles, sí, venderles tu cuento como si fuera lo más maravilloso que pudieron haber oído en su vida. Y recién ahí, podés sentirte un poco satisfecho de vos mismo.
Aunque no compremos tampoco este efímero éxito. El público no te va a escuchar. No te va a escuchar porque la mitad de la gente que está ahí, frente a vos, está pensando en su propia lectura y no tiene tiempo para ver tu talento (si existiere) porque también ellos deben mostrar el suyo (si hubiere). Y el resto de los asistentes (salvo una o dos excepciones) te van a escuchar un minuto y luego buscarán con la mirada al mozo que no les trajo lo que pidieron o mirarán solapadamente su celular o pensarán en otras cosas mientras vos te desgañitás frente a ellos.
Porque somos una sociedad básicamente egocéntrica. Nos palmeamos las espaldas, fingimos oir lo que no escuchamos y otros fingen escuchar lo que no oyen.
Esas lecturas que, pomposamente llaman "cuentos narrados por sus propios autores" no son más que la masturbación insana de nuestras ansias de reconocimiento.
Y también hay que aceptar que, al fin y al cabo, uno lee para sí mismo. Para sentirte maravillado de tus propias letras que salen como gotas cristalinas de tu garganta y salpican a los oyentes.
Contra todo pronóstico, me gusta ir a estas sesiones de cepilladas al alma. Me seduce imaginar el nerviosismo de los que van a leer, el vértigo de la propia lectura, la carencia de pudor de algunos, la ropa para la ocasión que visten otros y me gusta escuchar. Escuchar al otro es poder entenderlo, poder saber adónde va y de dónde llega, qué nos da y qué nos oculta. Y me divierto. Y me conmuevo. Y a veces disimulo bostezos hasta que otra voz me conmueve con un discurso nuevo.

Igual, cada vez que salgo de una de estas sesiones de lucha de ego en el lodo, pienso inexorablemente en que, mientras todos nos creemos limoneros rectos o naranjos de brotes lustrosos, somos ni más ni menos que la higuera de Juana Ibarbourou.


sábado 6 de agosto de 2011

Prendre un enfant dans le bras

Y vos sabés que ese día puede llegar. Lo sabés interiormente pero no querés que pase. Lo intuís antes que él.
Y cuando en su mail leés con el corazón estrujado que va a tener un hijo, sabés que ya está. Que no importa lo que digan tus amigas sobre lo efímero de las parejas y que seguro en dos años se divorcia. Ya está. Tuvo un hijo. Con otra.
Y no es que no quieras verlo feliz. Es que vos querés que se quede en tu recuerdo sin mácula.Querés que sea siempre ese Christophe desaliñado al que arrastraste por todo Boedo una noche de alcohol. Ese que te esperó en el muelle de Colonia para pasar tres días juntos viajando en moto por la ciudad. Ese que te regaló el perfume que no te resignás a abandonar. Ese que pasó noches y días con vos en Mendoza, demostrando que los dioses existen cuando tomás vino con tu francés. Ese que te hizo descubrir Valparaíso y aún hoy recuerda ese día en la casa de Pablo Neruda. Ese que te dió el primer beso la noche de Año Nuevo en esa esquina de San Telmo. Ese con el que dormiste tantas noches en hostels de Palermo. Ese que soportó tu escenita de histeria frente al Obelisco. Ese que te consoló de tu enojo hablando de Maupassant en el Casino de Mendoza. Ese que odiaba el pepino y no quería tener hijos. Ese que ahora aparece irreconocible con su heladera llena de legumbres y una novia con un hijo adentro.
Ese que aprendió a decir "buenos días" cuando se despertaba, ese que te abrió un mundo nuevo sobre lo que querías, ese que se volvió de Chile solo por estar dos días más con vos.
Ese que perdió el papel de equipaje en Colonia y discutía en francés como si lo entendieran. Ese con el que te reías de todo y de todos. Ese que escribió un mail, un mail que imprimiste y aún guardas como tesoro porque era la promesa de volverse a encontrar.
Y hacés esta mini catarsis y recordás su cara en ciertas ocasiones, recordás que te dio tu primera (y única) clase de manejo y sabés que está bien que haya armado su vida en el más estricto sentido social. Porque el tiempo es sabio, porque el destino es un maricón y porque ya es hora, también, de dejar ir a la gente para hacerle lugar a los nuevos.

viernes 15 de julio de 2011

Policial en tarde de lluvia

“Que sé yo quién es en realidad. Esa no es una pregunta para hacerme. Ni siquiera sé quién es usted en realidad. O quién soy yo en realidad.
Porque a mí lo que me molesta, ¿sabe? Es que usted me subraye ese “en realidad” como si así yo pudiera dar otra respuesta distinta. Y no tengo más respuestas. Tengo preguntas. Infinitas preguntas.
Si usted vuelve a preguntarme qué sé de él, me veré en la obligación de decirle que sé que es el hombre que duerme en remera y joggins azules, que duerme de costado en el lado izquierdo de la cama y que tiene las manos más cariñosas que yo pueda recordar.
Que sonríe cada vez que yo le regalaba una canción argentina y que no era el prototipo del mexicano machote del imaginario universal.
Que le gusta desayunar mucho, que siempre tenía un plato listo para mí cuando dormía en su casa. Que cuando estábamos juntos no atendía el celular y a veces fumábamos juntos esos cigarritos de la risa. Y que nos llevábamos bien. Que fue muy triste cuando tuve que dejarlo solo en el aeropuerto y volví a mi país. Pero que fue un lindo verano, que cada vez que recuerdo el sabor de los dulces de Puebla no puedo evitar pensar en su boca y cada vez que recuerdo Chapultepec me estremece el recuerdo de cuando no éramos más que dos amigos de excursión, sin esas noches de mezcal y mariachis…y excesos.
Usted me hizo recordar todo esto que yo creía olvidado. ¿Que de qué hablábamos? De todo, de nada…De cómo se vive en Argentina, de las innecesarias propinas en México, de la gente, de la vida…No perdíamos tanto tiempo en palabras vacías de sentido para esos diez días en los queríamos disfrutarnos.
No me hable de ingenuidad. Le digo que cuando estaba conmigo nunca tenía el celular  encendido. No sé si recibió amenazas. Ignoro si tiene una hija. Estaba solo cuando yo fui a su casa. Solo y conmigo.
Recuerdo, en cambio, que acariciaba mi cara con una ternura inusitada, que cuando bebía la Negra Modelo de la botella, entrecerraba los ojos y yo no podía dejar de mirarlo.
No. Nunca fue nada agresivo. Al contrario, más vale conciliador y evitando los conflictos. Uno de esos tipos con los que uno puede sentirse a salvo.
Paradoja? Paradoja de qué?
La paradoja a mi ver, señor mío, es que usted esté aquí, en mi casa de Buenos Aires haciendo que recuerde un amor de hace tres veranos en unas vacaciones con alguien que, según usted, se suicidó luego de secuestrar a su hija , de la que no solo ignoro su paradero, sino que además ignoro su existencia.
No me hable de las cartas encontradas, yo sé bien lo que escribí. No se regocije en aquellos párrafos donde se detallan intimidades entre dos hombres. El amor existe. Pese a usted. Pese a mí. Pese a todos. Y ahora, si me permite, debo continuar con la fatigosa tarea de vivir después de que usted haya venido a hacerme esta requisa improbable.”

Cuando la puerta se cerró, el viejo policía se dirigió a su patrulla murmurando: “Este trolo no sabe nada. Tal vez la niña esté en México”

Cuando la puerta se cerró, el dueño de casa buscó entre sus cajones una cuerda vieja, sonriendo para sí.

Cuando la puerta se cerró, la jovencita maniatada comenzó a perder las esperanzas. Sabía que sería obligada a suicidarse, igual que fue obligado su padre.

jueves 23 de junio de 2011

Blogs de minitas

Nunca alcancé a comprender qué eran los "blogs de minitas". Porque con ese título mi imaginación vuela sin paracaídas. Podrían ser como esos "books" de famosas que dicen que te ofrecen en ciertos hoteles de lujo, solo que por internet. Bah, que se yo. La especie humana tiene tantos retorcimientos que ya nada me espanta. La cuestión es que no sabía a ciencia cierta que eran esos blogs de minita, hasta que una amiga me dio algunos links y me pasé toda la tarde leyéndolos. El Ñato me miraba con malicia y sé bien que pensaba que no me pagan el sueldo para que lea blogcitos, pero él no tiene autoridad ni moral ni institucional para llenarme los orificios con sus quejas porque vive haciendo sudokus por la web para que no le dé demencia senil. Cada cual con su idiotez personal.
Lo cierto es que leí con fruición todos esos relatos naifs, esas cositas tan íntimas y tan cursis que las mujeres de más de treinta escribían en la web tal y como las adolescentes escribían en su diario íntimo, cuando  yo era joven y se respetaba la cursilería ajena y la propia.
Algunas cosas me conmovieron, otras cosas me dejaron atónito (como esos consejos para hacer pavaditas en la casa como nos hacían hacer en la primaria en Actividades Prácticas y que eran, francamente, impresentables en sociedad).
Pasé tres horas o poco menos, inmerso en un mundo ajeno, etéreo y seguramente inútil, plagado de vivencias de minitas un tanto huecas, un tanto esperanzadas, un tanto tontas.
Y pensé que, seguramente, si las leyes de la maldad se cumplen, estas señoritas debían ser unos ejemplares hermosos para conocer. Un poco chatas mentalmente, quizás...Pero con seguridad plagadas de otras curvas en sitios más interesantes que sobre los hombros.
¿Prejuicio, me decís? Probablemente.
Pero, ¿sabés qué? Yo en mi otra vida nazco minita y ¡zas! me escribo un blog de ídem.

jueves 28 de abril de 2011

Oú sont tous mes amants?

Ahora que está tan sobre el tapete el tema de la infidelidad y llegando casi a la crisis obligada en la vida de todas las personas, entrecierro los ojos y hago un esfuerzo sobrehumano por recordar si alguna vez he estado con alguien casado. Si mi amigo personal Podestá leyera estas líneas, imagino que comenzaría con una leve sonrisa en la comisura de sus labios , la cual se extendería paulatinamente hasta estallar en una fresca y nada edificante carcajada.
Pero voy a dejar volar mi mente hacia un lejano pasado donde el amor me sonreía (digamos) y haré un pequeño racconto de aquellos comprometidos que se atravesaron en mi diáfana vida. Cambiaré algunos mínimos datos por la improbable casualidad de que ellos aún sigan felizmente casados y no quisiera ser yo , tardíamente, la causa de su desalojo del domicilio conyugal.
El primero que guardo en mi memoria y en mi corazón es Granby. Nos conocimos en una doble cita donde él sería la pareja de una compañera de trabajo. Finalmente esa noche, Alejandra terminó con el especimen que me tocaba a mí (gracias a Dios!) y yo salí altamente beneficiada con el cambio. Estuvimos juntos con intermitencias alrededor de siete años. Y nunca fuimos novios. Él siempre estaba de novio con otras hasta que se casó con algunas de ellas. Recuerdo esos viernes a la noche en Flores. Qué suerte que haya desaparecido el Tourbillón! Yo no hubiera resistido el archivo de ese lugar.
Otro que recuerdo con mucho cariño es alguien que conocí y que en ese momento tenía una relación con una chica de otro país. Digamos Chile, por ejemplo. Me encantaba su simpleza, me hacía reír mucho, era (es) muy buena persona y nos entendíamos bien. Sólo una vez rompí el pacto tácito del silencio y le espeté en la cara, luego de que habíamos tenido una linda cena reparadora . "Elegí: o ella o yo". Y me planté frente a él con mi mejor cara sexy, la cual dio el resultado esperado. Levantó los ojos, mirándome directamente a los míos y con una dulce e infinita sonrisa me dijo:"Yo a la chilena no la dejo". Me quedé un segundo helada. Luego recobrando mi poca compostura le pregunté si eso quería decir que no nos veríamos más. Sonriendo, me dijo: "No dije eso ni plantée nada. Yo a la chilena no la dejo y punto. Y a vos me gustaría seguir viéndote".
Ah, bueeeno.Yo, junté todo mi orgullo, lo hice un rollito, me lo guardé en el bolsillo y acepté seguir con él. Hasta que todo decantó naturalmente. Hoy está felizmente casado (no conmigo ni con la chilena) y es padre.Y todos tan contentos.
Y el tercero y último (creo) fue una especie de amante platónico con el que compartíamos cuentos, novelas, noches maravillosas de ternura y besos...Como buena pasión no consumada del todo, terminó de forma un tanto explosiva. Pero aún guardo un cuadro de Dalí que me regaló y las imágenes de su paso por mi vida: las calles de Pompeya que recorrimos, los cuentos que compartimos, la canción de Ismael Serrano que escuché desde una ventana en un hotel frente a casa..."El próximo avión que tomes, conmigo lo tendrás que hacer..."
De los tres impíos conservo una porción de cariño que, indudablemente existía. Pero si a la distancia me preguntan a quien quise más...yo me inclinaría por el de la chilena y si me preguntaran quién me quiso más...pues creo que el que me regaló el cuadro de Dalí.
Dicho esto, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra...Y aquel que no esté libre de pecado, que cuente su historia que la leeré gustosa.